domingo, 14 de septiembre de 2008

Ángel del Bronx asaltado en Plaza Venezuela

Había matado el calor del mediodía dominguero con un Nestea comprado en Subway que había tomado en la plaza La Castellana, sorbo a sorbo, mientras veía a los viejitos paseando a sus perros y descansaba de la extenuante jornada del Cambalache de libros organizado por Relectura.

Pese a la cantidad de gente y la estrechez de la zona de la Plaza de Chacao donde se había llevado a cabo, yo estaba satisfecho: había salido de mi casa con 11 libros, en su mayoría repetidos o sin ningún valor literario (como uno de Lair Ribeiro), y volvía con 12 ejemplares, algo ajados, pero diversos y valiosos, entre los que me enorgullecía de haber conseguido las Memorias de Albert Speer (el arquitecto de Hitler) y una edición de la extinta Oveja Negra de Los versos del capitán, de Neruda.

Con la pesada mochila llena de libros a cuestas –hay que ver lo que pesa el papel– iba pensando en dónde guardarlos al llegar a mi casa, cuando una cuadra hacia adelante vi que subía hacia mí un hombre de color, no muy mayor con sueter de Mickey Mouse. Instintivamente, actué como lo hago cuando hya pocos transeúntes en una calle y consigo gente que me parece sospechosa: girar un poco en diagonal, a fin de evitar un posible encuentro con el extraño.

Aunque inicialmente lo logré, me abordó con la frase de iniciar conversación por excelencia de un angloparlante perdido en el extranjero: "Do you speak English?".

Decidido a no detener mi marcha, me limité a ignorarlo con una excusa. Pero las clases de inglés de mi temprana primaria, aunada a mis cursos gramaticalmente correctos en el CVA, hicieron que saliera de mi una respuesta gramaticalmente ultracorrecta (también por instinto): "No, i don't".

Evidentemente estaba mintiendo, y el hombre se dio cuenta e insistió en buscarme conversación, preguntando el por qué de mi prisa y de mi negativa inicial, y lamentando la discriminación racial que ha percibido en Venezuela.

Por alguna razón su reclamo me pareció injusto y me detuve, mientras él se acercaba Aún temía: esos encuentros casuales con extraños en la calle preguntando información nunca me habían deparado sorpresas agradables. Tras excusarme en la inseguridad imperante en el país, el hombre me pidió disculpas y se mostró extrañado por mi paranoia. "Mi ciudad, Nueva York, también es insegura, pero !Por Dios!, tampoco hasta este punto", me comentó, siempre en inglés con toques de jerga del Bronx que ahora entendía: era un neoyorkino.

Le expliqué que se encontraba en una de las zonas más segiras de Caracas (Plaza Altamira), pero que no toda la ciudad era así. Mi advertencia, sin embargo, le llegó demasiado tarde: ya había sentido la inseguridad en su propio pellejo. Y no sólo la inseguridad: también la discriminación y el racismo que esa inseguridad parece haber generado.

Así supe que se llamaba Angel, que es profesor de Historia en Nueva York, demócrata y partidario de Obama –como era de esperarse– y que investigaba no se qué cosa relacionada con el racismo en el país. Me comentó que hace dos días lo asaltaron en Plaza Venezuela y que necesitaba dinero para regresar a Puerto Cabello, tampoco entendí por qué. Se le había hecho muy complicado pedir ayuda, primero por el idioma, y segundo porque todo el mundo reaccionaba como reaccioné yo inicialmente: huyendo de una persona de color que se aproxima en actitud potencialmente amenazante.

Tras haberlo ayudado con lo que pude de mi mermada recién cobrada quincena, volví a casa con esa desazón de no haber hecho lo correcto, pese a la despedida de Angel.

"Gracias por abandonar los prejuicios y seguir tu instinto" me dijo, antes de continuar su camino hacia Altamira, a la espera de que pasara el tiempo para poder volver a su vida normal de profesor. Una vida que, como tantas otras, había sido alterada por esa hampa que a mí me había hecho dudar de él.

Ojalá pueda regresar a Puerto Cabello.

2 comentarios:

Gabi dijo...

No sé si esto te consuele o te enoje, pero yo vi a esa misma persona gritando sobre el racismo, dos veces.

La primera fue en Chacao, por la calle que baja desde el C.S.I., cuando bajaba apurada al metro. Al otro lado de la calle, vi como le gritaba a una muchaca.

La segunda fue varios meses después, por Altamira, nuevamente exclamando al cielo lo racista que era la gente. En esa ocasión se alejaba de él un grupo de personas.

Mi impresión entonces fue que esa persona estaba en algún tipo de misión personal para demostrar lo racistas que somos los venezolanos. Y aunque tiendo a estar de acuerdo con él (el racismo será menos evidente que en otros países, pero existe), la idea de que eso fuese algún tipo de experimento social me desalentó acercarme.

Ahora leyéndote tiendo a pensar que su misión era más personal que social o política.

David Ludovic dijo...

Jajajaja, gracias Gabi... Quizás sí me hace sentir un poco mejor... TU anécdota me recuerda a lo sofisticado que se ha convertido el arte de mendigar entre los indigentes, a lo que dedicaré un post dentro de poco... Espéralo y ojalá sigas visitándome. Saludos